Qué ver en Turín
Turín no suele estar en el top de los viajes a Italia, y eso es precisamente lo que la hace interesante para mí. Es una ciudad con alma norteña, elegante pero sin pretensiones, más de cafés antiguos y palacios silenciosos que de selfies en masa. Aquí el ritmo baja pero fue la primera capital de Italia, cuna del aperitivo, de FIAT y del chocolate con avellanas… patada a la dieta asegurada.
Turín tiene una mezcla rara entre aristocracia y decadencia industrial. Las avenidas rectas y los edificios barrocos esconden galerías de arte contemporáneo, librerías con olor a madera y bares con vermut servido como si fuera religión. A un lado, los Alpes vigilando; al otro, el Po cortando la ciudad.
La elegancia hecha ciudad
Pero Turín también lleva siglos metida en to’ los fregaos mágicos posibles. Se dice que forma parte tanto del triángulo de magia blanca (con Lyon y Praga) como del triángulo de magia negra (con Londres y San Francisco). Vamos, que juega en las dos ligas. La mezcla viene de su arquitectura cargada de símbolos, estatuas con guiños masónicos, plazas alineadas con puntos “energéticos” y un catálogo de leyendas urbanas que la ciudad alimenta encantada. A esto súmale su pasado saboyano, la masonería bien metida en las altas esferas y una estética elegante pero oscura.
Lo mejor es que Turín no intenta ser otra cosa, ya fue capital del cine, del ocultismo y de la elegancia.
La Fetta di Polenta es una de esas rarezas arquitectónicas que solo podrían existir en Turín. Una casa tan estrecha que parece una apuesta llevada demasiado lejos. Diseñada en 1840 por Alessandro Antonelli (el de la Mole Antonelliana), este edificio mide menos de un metro de ancho y se abre en forma triangular, como una rebanada de… sí, polenta. El apodo se lo pusieron los turineses por su color amarillento y su forma absurda, que parece desafiar las leyes de la física y del sentido común.
Antonelli la construyó en pleno ataque de ego arquitectónico: quería demostrar que podía levantar una casa habitable con el mínimo espacio y sin que se cayera. Lo logró, aunque la ciudad al principio se lo tomó a risa. Hoy, la Fetta di Polenta es una especie de icono underground turinés, una mezcla de genio y locura que resume muy bien el espíritu de la ciudad.
La Galleria Subalpina es uno de esos lugares que ver en Turín que te hacen sentir como que te has metido sin querer en otra época. Construida en 1874 es una galería cubierta al estilo de la Belle Époque, con hierro forjado, mármol y vidrio. No tiene el brillo ostentoso de la Galleria Vittorio Emanuele II de Milán, pero precisamente por eso mola más: es más íntima, más cuca.
Ojo a su ambiente casi cinematográfico. Aquí se rodaron escenas de películas italianas, se cruzaron amores de novela y se siguen sirviendo bicerin y vermuts sin prisa. En el Caffè Baratti & Milano, abierto desde 1875, aún parece que podría entrar D’Annunzio o algún conspirador con sombrero y bastón. La Galleria Subalpina es una joya discreta, perfecta para refugiarte del frío o de la lluvia turinesa con un café que sabe a historia y, además, sin arruinarte.
La Mole Antonelliana es algo icónico que ver en Turín, porque es el símbolo absoluto de la ciudad. Pero créeme que por muchas fotos que hayas visto, en persona es una locura. Es un edificio imposible que parece una mezcla entre catedral, cohete y ego arquitectónico en su máxima expresión. Nació en 1863 como sinagoga, pero el arquitecto Alessandro Antonelli (sí, el de la Fetta di Polenta) se vino tan arriba con el diseño que la comunidad judía acabó vendiéndola al ayuntamiento. No por fea, sino porque el presupuesto se había disparado. Al final, la Mole se convirtió en monumento nacional y hoy es una de las estructuras de ladrillo más altas de Europa.
¿Y ahora? Ahora está dentro el Museo Nazionale del Cinema, uno de los más originales del mundo. Subes en un ascensor de cristal por el centro de la cúpula, flotando literalmente sobre décadas de historia del cine hasta llegar al mirador, donde Turín se extiende a tus pies con los Alpes al fondo. En serio, es uno de esos lugares que en persona te vuela la cabeza. Monumento, museo y locura en una sola estructura.
La colina del Monte dei Cappuccini en Turín es un mirador brutal a apenas 200 metros de la orilla derecha del río Po y con unos 325 metros de altitud. Esta elevación alberga la iglesia de la Chiesa di Santa Maria al Monte dei Cappuccini, construida entre 1583 y 1656.
Las vistas desde arriba son tan buenas que, en los días claros, puedes ver los Alpes al fondo y reconocer cada rincón del skyline de Turín al atardecer.
El sitio fue fortaleza romana y templaria, luego se transformó en retiro monástico, y ahora es el “selfie spot” de la ciudad 🙂
Puedes llegar a pie en unos 15-20 minutos desde Piazza Vittorio (prepara los gemelos), pillar una taxi por unos 9€, subir en autobús hasta la mitad, o simplemente pasear por las calles que suben junto al río Po. No importa cómo, pero por tu mare ¡sube al atardecer!
El Palazzo Madama es mitad castillo medieval, mitad fachada barroca de revista. Está en plena Piazza Castello y debe su nombre a las dos “damas reales” que lo habitaron y lo transformaron (María Cristina y María Giovanna, las auténticas influencers del poder sabaudo). Hoy alberga el Museo Cívico de Arte Antiguo, pero lo que de verdad impresiona es cómo se nota el paso de los siglos en sus muros: torres medievales detrás, escalinata monumental delante. Es como si el tiempo hubiera decidido no elegir estilo y dejarlos todos juntos, y funciona de maravilla.
Y otra de las cosas que ver en Turín y gratis es la Plaza del Castillo. Rodeada de palacios, soportales elegantes y cafés históricos, es el tipo de plaza que te hace sentir dentro de una película italiana sin tener que forzarlo. Aquí conviven el Palazzo Madama, el Palazzo Reale, la Real Chiesa di San Lorenzo y una energía que mezcla historia, política y paseo diario con helado en mano.
Por otro lado, la Piazza San Carlo es la más señorial de Turín, esa que parece salida de una portada de Vogue Italia con siglos de historia encima. La llaman el salón de la ciudad, y con razón: simétrica, rodeada de soportales infinitos y coronada por las iglesias gemelas de San Carlo Borromeo y Santa Cristina. En el centro, la estatua ecuestre de Emanuele Filiberto, el duque que devolvió el orgullo a la casa de Saboya. Y en los laterales seguro que encuentras algún puestecito andante de temporada, con castañas, helados…
El Museo Egizio de Turín es, literalmente, el segundo más importante del mundo dedicado al Antiguo Egipto (solo por detrás del de El Cairo). Pero claro, si acabas de volver de Luxor y del caos glorioso del Nilo, tu baremo está un poco alto.
Aquí todo está impecablemente ordenado, limpio y con cartelas en varios idiomas. La colección es brutal. Más de 30.000 piezas, incluyendo momias, papiros, estatuas colosales y hasta el templo de Ellesiya, que Egipto regaló a Italia por ayudar a salvar Nubia tras la construcción de la presa de Asuán.
El salseo está en la historia del propio museo: fue el primer museo del mundo dedicado exclusivamente a la civilización egipcia, montado en 1824, cuando aún nadie se creía que los europeos pudieran tener una “Egiptomanía” seria. Y aunque ya no te va a impresionar una esfinge más, hay algo curioso en ver todo ese pasado faraónico en un palacio piamontés. Es más museo que experiencia espiritual, pero si te gusta el tema, merece una parada. Es un Egipto sin polvo ni regateo, servido con precisión turinesa y café después.
Turín juega a dos bandas: el romanticismo y el misterio. En el Parco del Valentino te topas con la Bench of Lovers, ese banco donde dos farolas parecen abrazarse, obra escondida del jardinero-artista Marasciuolo. Y luego, de repente, la ciudad se pone oscura con los Occhi del Diavolo en Via Lascaris: unas aberturas que eran simples respiraderos, pero que todo el mundo prefiere imaginar como ojos que te siguen mientras pasas. Cosas de Turín, que vive encantada de su fama esotérica.
Y entre amor, leyendas y farolas abrazadas, llega lo mejor: el dulce. Turín es capital del gianduja, así que apúntate Guido Gobino o Peyrano para chocolates que te cambian el humor al instante. Y si quieres un panettone de nivel, prueba los de Caffè Platti o Vergnano. Un extra perfecto para cerrar la ruta con estilo y azúcar.
Si hay un sitio que siempre cae bien en Turín (sea la hora que sea y haga el frío que haga) es Caffè Elena. Clásico de verdad, con ese aire de café de barrio que ha resistido décadas sin perder ni una pizca de encanto: desayunos contundentes, pastelería casera y platos italianos sencillos pero impecables. Está en pleno corazón y es perfecto para recargar pilas entre visitas (o para un brunch tardío después de tanto paseo), porque la carta va de lo reconfortante a lo delicioso sin exagerar ( y sin sangrar).
Llegar a Turín es facilísimo, sobre todo si vienes desde Milán: los trenes Frecciarossa y Italo salen cada pocos minutos y en 45–50 minutos te plantan en Porta Susa, que es la estación más cómoda para moverte por la ciudad (y la que te interesa si luego quieres tirar al aeropuerto). Es rápido, barato si lo reservas con tiempo, y muchísimo más cómodo que meterse en coche. Aquí te dejo enlace para comprar los billetes.
Si llegas desde el aeropuerto de Torino Caselle, lo mismo: nada de buses eternos. Coges el tren Dora Express / SFM que tarda unos 20–25 minutos y te deja también en Porta Susa, sin rodeos. En resumen: llegas, bajas, y ya estás prácticamente dentro de la ciudad. Para organizarte, piensa que Turín funciona con una lógica muy sencilla: todo empieza y todo termina en Porta Susa. Perfecto para viajeros prácticos.
Para dormir en Turín sin complicarte la vida, la zona de Porta Susa es de las más prácticas. Está bien conectada con todo: trenes rápidos a Milán, metro directo al centro histórico y enlaces cómodos hacia el aeropuerto. Además, es un barrio tranquilo, seguro y con suficientes cafés y supermercados para sobrevivir sin esfuerzo. Si tu plan incluye moverte entre ciudades o tienes vuelo temprano, alojarte cerca de Porta Susa te ahorra tiempo, transbordos y dramas logísticos. Es ese tipo de zona que igual no te enamora como una postal… pero funciona como un reloj. Perfecta para base de operaciones
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