Egipto
Curiosamente mi historia con Egipto empezó bajo el agua, no entre pirámides o templos. Y aunque fui a Dahab para sacarme el Advanced Open Water y acabé enamorada del país entero.
Lo que empezó como una excusa para bucear entre corales se convirtió en una obsesión por seguir descubriendo templos, desiertos, bazares y la zona más católica.
Volví, claro. Y volveré las veces que haga falta, porque Egipto tiene ese magnetismo que no se agota ni aunque creas haberlo visto todo.
Lo confieso, llegué acojonada y con ciertos prejuicios (supongo que hacer cruzando a pie la frontera desde Jordania e Israel tuvo un poquito que ver), pero salí convencida de que ya había entendido la magia del país.
Esta vez el viaje me llevó por Luxor, Hurghada y El Cairo, tres destinos completamente distintos pero igual de fascinantes. De los templos infinitos y los amaneceres dorados del Nilo, a los fondos marinos del Mar Rojo o el caos hipnótico de la capital, donde el pasado y el presente conviven en un mismo semáforo (literalmente). Egipto es así: abrumador, mágico y contradictorio, pero siempre inolvidable.
Si lo tuyo es el mar, Hurghada y Dahab te van a volar la cabeza. Si prefieres historia y arqueología, Luxor es un museo al aire libre. Y si buscas el alma auténtica del país, El Cairo te la lanza de frente, sin filtros ni subtítulos. Por cierto, mi itnerario perfecto es de 3 días en El Cairo y te lo dejo aquí.
Poco a poco te iré contando cada rincón, con sus curiosidades, precios, horarios y ese salseo que no suele venir en las guías. Pero si algo tengo claro después de estos viajes, es que Egipto no se visita una vez: se repite.
