Ruta por Basilicata
Y cuando crees que has visto todas las fotos y pelis posibles de Matera, por fin llegas, pero con el miedo de que te vaya a decepcionar… Una vez más, no sé si por mi forma de ver el mundo y mi pasión por viajar, Matera me supera con su combinación de belleza y semi decadencia.
Me recuerda a Petra, a Guadix y a Milán. Y aunque he intentado reflejar su belleza en fotos, no están a la altura de lo que realmente ves cuando recorres los sassi de Matera. Está lejos, muy lejos….
Una de las ciudades más antiguas del planeta
Dentro de una ruta por la Basilicata, Matera no es solo bonita: es también una de las ciudades habitadas más antiguas del planeta, y casi con toda seguridad de Europa. Su paisaje urbano gira alrededor de los famosos Sassi di Matera, barrios de casas excavadas en la roca que durante siglos marcaron la frontera entre pobreza y riqueza.
Y aunque parezca imposible, durante mucho tiempo, vivir aquí no tenía nada de romántico: era una forma extrema de adaptación a un territorio duro. Hoy la ciudad se ha convertido en uno de los grandes iconos culturales del sur de Italia, pero esa memoria sigue ahí, escondida entre escaleras, cuevas, miradores y unas 150 iglesias repartidas por la ciudad.
Quizá por eso Matera impresiona tanto. Porque no es solo una ciudad bonita: es un lugar donde la historia sigue respirando entre la roca. Y recorrerla, perderse por sus escaleras y miradores y descubrir qué ver en Matera es mucho más que una visita turística: es asomarse a una de las ciudades más fascinantes de Italia.
Aunque Sassi significa “cuevas” en italiano, en Matera se refiere a los barrios. Los Sassi di Matera son un sistema de vida tallado en la roca. Casas-cueva, escaleras, patios compartidos, tejados que son suelos de otras casas… todo encajado con una lógica que no responde al urbanismo moderno, sino a la supervivencia. Caminar por aquí no es lineal: es bajar, subir, perderse y volver a encontrar el camino.
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Lo impactante no es solo la estética, que también, sino pensar que aquí vivieron miles de personas hasta los años 70. Sin romanticismo. Sin postal. Sin electricidad ni agua, Hoy los Sassi son Patrimonio Mundial, pero siguen siendo un lugar habitado, y eso se nota en los silencios, en las puertas abiertas y en la vida que aún late entre la piedra.
Durante siglos, los Sassi di Matera fueron un sistema de vida completo excavado en la roca. Pero a mediados del siglo XX la situación llegó a un límite: pobreza extrema, hacinamiento y condiciones sanitarias muy duras. Tanto, que el propio Estado italiano decidió intervenir.
En 1952 comenzó una operación radical: el traslado masivo de los habitantes de los Sassi a nuevos barrios construidos en la parte moderna de Matera. Durante casi dos décadas, hasta 1970, miles de personas abandonaron las casas-cueva en las que habían vivido generaciones enteras. El objetivo era claro: sacar a la población de unas viviendas que ya no cumplían condiciones mínimas de habitabilidad.
La paradoja es que hoy gran parte de la ciudad histórica pertenece al propio Estado (s calcula que cerca del 85 % del patrimonio de los Sassi es público). A partir de los años 70 comenzó una segunda vida para el barrio: el gobierno empezó a conceder licencias de uso de 20 a 40 años para recuperar las viviendas. El problema es que rehabilitar una casa excavada en roca requería una inversión enorme, así que muchos de esos espacios terminaron transformándose en hoteles, restaurantes o alojamientos turísticos en lugar de volver a ser viviendas familiares.
Caminar por los Sassi también revela otros detalles curiosos. El entramado de calles es un auténtico laberinto medieval, pensado en parte para desorientar a posibles invasores. Y si te fijas en las puertas, verás que muchas siguen pintadas en solo cuatro colores tradicionales (blanco, verde, marrón y azul), un pequeño código histórico que antiguamente permitía identificar el oficio de quienes vivían dentro.
Si los Sassi te impresionan, una Casa Grotta te coloca los pies en el suelo. Estas viviendas excavadas recrean la vida cotidiana de las familias que habitaban Matera hasta mediados del siglo XX. Es chocante: un solo espacio compartido, animales dentro de casa, luz mínima y una organización pensada para resistir.
No es una visita larga ni espectacular, pero sí necesaria. Sales entendiendo que Matera no es solo belleza antigua, sino resiliencia humana. Y eso cambia completamente la forma en que miras el resto de la ciudad.
Y aunque pasen desapercibidas muchas de ellas, Matera cuenta con 141 iglesias. De hecho, se ha descubierto una hace 3 años junto a Porta pistola, que divide Matera en sus dos sassi.
Repartidas por los Sassi y los alrededores, las iglesias rupestres excavadas directamente en la piedra, conservan frescos bizantinos, símbolos religiosos y rastros de siglos de culto.
Algunas son pequeñas y casi invisibles desde fuera; otras sorprenden por su tamaño interior. Todas comparten una sensación de recogimiento muy particular. Aquí la espiritualidad no se eleva: se hunde en la tierra.
Hay un detalle que me fascinó especialmente y que pasa bastante desapercibido: muchas iglesias del sur de Italia tienen lo que se conoce como iglesias del Purgatorio, y en Matera aparecen por todas partes. Si miras bien las portadas, verás esqueletos, calaveras, reyes, papas o nobles tallados en la piedra. No es decoración macabra; es un recordatorio muy italiano y muy barroco de que, por muy diferentes que sean nuestras vidas, todos acabamos igual.
Si hay una imagen icónica de Matera, suele venir desde aquí. El Belvedere di Murgia Timone, al otro lado del barranco, ofrece una vista completa de los Sassi y del cañón de la Gravina. Es el lugar ideal para entender la relación entre la ciudad y el paisaje.
Al atardecer, la luz transforma la piedra en capas de oro y sombra. Pero más allá de la foto, este mirador sirve para algo importante: poner distancia, respirar y comprender la magnitud del lugar.
Volviendo a la ciudad, El Duomo, dedicado a la Madonna della Bruna, se alza en el punto más alto entre el Sasso Caveoso y el Sasso Barisano. Su estilo románico apulolucano contrasta con la rugosidad de las cuevas, marcando una transición clara entre lo excavado y lo construido.
Entrar después de recorrer los Sassi es casi un reset visual. Espacio, altura, luz. Un buen ejemplo de cómo Matera superpone capas sin borrar las anteriores. Bueno y un atardecer de los más top de la ciudad.
El Pane di Matera no es un souvenir gastronómico, es parte del ADN local. Elaborado con sémola de trigo duro y masa madre, tiene forma reconocible y sabor serio. Entrar en una panadería tradicional (muchas aún con hornos históricos) es una de las experiencias más sencillas y más auténticas de la ciudad. Aquí el pan no acompaña: sostiene. Y entender eso ayuda a entender Matera
Después del pan, las manos siguen trabajando para otro de los iconos de Matera. Toca sentarse en una cueva y observar a quienes siguen trabajando con materiales tradicionales. La cartapesta, la arcilla y la cerámica forman parte de una artesanía viva, no de escaparate (aunque la veas en cada tienda de souvenir).
Visitar talleres o participar en pequeños laboratorios conecta la ciudad con el presente. Porque Matera sigue creando y formar parte de ello (aunque termines de arcilla y pintura hasta la nuca) mola mucho.
Cuando un hombre quería pedir la mano de una mujer, regalaba a la futura suegra una figura de gallo (cucú). Si ella aceptaba el gesto, colocaba el gallo en la ventana de la casa. Era una señal discreta pero clara para todo el barrio: en esa casa había una novia y una boda en camino. Una de esas costumbres sencillas que explican cómo, durante siglos, la vida en Matera se compartía casi tanto en las calles como dentro de las casas.
Quedarse en Matera al caer la noche es casi obligatorio. Cuando el sol desaparece y empiezan a encenderse las luces cálidas de las casas excavadas en la roca, los Sassi di Matera cambian completamente de carácter.
Durante el día todo impresiona, abruma incluso. Pero por la noche la ciudad baja el volumen. Aparecen los silencios, los pasos suenan distinto sobre la piedra y los miradores se llenan de esa calma que solo tienen los lugares muy antiguos.
Es entonces cuando Matera deja de intentar explicarse. Simplemente está ahí: iluminada, tranquila, casi suspendida en el tiempo. Y sabes, de repente, que no vas a tardar en volver…
Si tienes algo más de tiempo, Matera también es un punto de partida perfecto para explorar una Basilicata más rural, montañosa y sorprendentemente tranquila. Aquí las distancias son cortas y las carreteras tienen ese punto panorámico que hace que el propio trayecto forme parte del viaje.
El plan, además, suele ser sencillo y bastante infalible: llegar a un pueblo, dejar el coche a la entrada y empezar a caminar sin demasiadas expectativas. Callejuelas empinadas, arcos de piedra, alguna plaza inesperada y, casi siempre, un mirador desde el que el paisaje se abre de golpe.
Y aunque Montescaglioso está prácticamente al lado y es una parada casi obligada, si te apetece seguir explorando hay otros pueblos que merecen el desvío. Lugares como Sasso di Castania, Brienza, Sant’Angelo Le Fratte o Satriano di Lucania, donde la Basilicata vuelve a mostrarse tal como es: tranquila, algo salvaje y todavía lejos de las rutas más masificadas del sur de Italia.
Dormir en Matera: Ca’ Do’ Guest House Matera
Si vas a pasar la noche en Matera, hacerlo dentro de los Sassi di Matera cambia completamente la experiencia. Y ahí es donde entra Ca’ Do Guest House, uno de esos alojamientos pequeños donde se nota que todo está pensado con cariño.
Las habitaciones combinan piedra, diseño y ese equilibrio tan italiano entre lo bonito y lo práctico. Pero más allá del espacio, lo que realmente define el lugar son Enza y Alessia, las anfitrionas, que tienen ese arte de hacerte sentir bienvenida desde el minuto uno y de estar pendientes sin resultar invasivas.
El desayuno es la excusa perfecta para empezar el día con calma antes de lanzarte a perderte por Matera. Y luego están los pequeños detalles: desmaquillantes en la habitación, toallitas, ese tipo de gestos que parecen mínimos pero que dicen mucho del cuidado que hay detrás.
Uno de esos sitios que no es solo un lugar donde dormir, sino parte bonita del propio viaje.
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