Milán en 2 días
Milán no es la típica ciudad italiana con ropa tendida y abuelas saludando desde el balcón, como Sicilia. Es otra liga: elegante, intensa y un poco chulita, como esa amiga que siempre va perfecta sin esfuerzo. La mayoría viene una vez, ve el Duomo y la Galleria, y se cree que ya la ha entendido. Pero los que repetimos sabemos que tiene capas y que Milán es dos días es lo mínimo que puedes hacer.
Esta es mi quinta vez, y la última fue en mi despedida de soltera hace más de diez años (perdonadme, o no, si no subo fotos) así que toca redescubrirla con otro tipo de resaca. La ciudad ha cambiado, bueno, yo también… ahora cuenta con los rascacielos nuevos de CityLife, los bares de autor en Navigli, pero también los clásicos de siempre como el Castello Sforzesco o la Pinacoteca di Brera. Y a ver qué más que no conozcas te puedo enseñar en Milán.
Milán en dos días
Después de tantas veces me sigue impresionando el mármol y las tiendas de lujo, pero también los detalles que antes ni miraba: el café en un bar anodino que resulta ser buenísimo, el fresquito del Orto Botanico o el intento de ligoteo de un orgulloso guardia de seguridad venezolano con 14 hijos… historias mil, ya sabéis, bienvenidas a Italia.
Milán no es de mis ciudades favoritas de Italia, pero casi, y nunca me arrepiento de volver. Es que la lista de cosas que ver en Milán en 2 días deberían estar en tu libreta de una vez en la vida. Ahí lo dejo, Mari.
Entre las cosas menos conocidas y más molones que ver en Milán en 2 días, y en una tranquila zona conocida como el Quadrilatero del Silenzio de Milán, se encuentra la Casa Sola-Busca. Se trata de un edificio histórico cuya particularidad eclipsa su arquitectura. OJO, hay un enorme oído de bronce que sobresale junto a la puerta de entrada. Pero no es un adorno decorativo, fue instalado como sistema de intercomunicación en los años 20/30. Madonna!!!
La obra fue creada por el escultor Adolfo Wildt en 1927, como parte del diseño del edificio del arquitecto Aldo Andreani. El oído, detallado hasta incluir el pabellón con canal auditivo y mechones de “cabello”, funcionaba como uno de los primeros “porterillos” de la ciudad. El visitante se dirigía al oído y la voz se transmitía al conserje o portero del edificio. Aunque hoy ya no está operativo, el efecto visual y simbólico sigue siendo muy potente.
Por cierto… Dicen que si te acercas en silencio y susurras un deseo al oído, éste podría cumplirse. Tú ve y prueba, todas las Maris del grupo lo hicimos.
Este gigante de ladrillo rojo ha visto pasar tensiones, guerras y renacimientos. El castillo que ver en Milán en 2 días fue construido en el siglo XV por Francesco Sforza sobre los restos de una fortaleza viscontea. Durante los años dorados de la corte milanesa, Leonardo da Vinci y Bramante caminaron por sus pasillos, decoraron sus salas y dejaron huellas aún visibles. Hay frescos como los del Sala delle Asse, donde Leonardo pintó un bosque de moreras entrelazadas, símbolo de la familia Sforza.
Pero el castillo también fue saqueado por los franceses, ocupado por los españoles y bombardeado en la Segunda Guerra Mundial. Y cada reconstrucción añadió una capa nueva a su historia, donde ahora conviven torres medievales, patios renacentistas y restauraciones del siglo XX.
Si decides pasear y atravesarlo ¡es gratis! Si vas a pagar y entrar hay varios museos: entre ellos el de Arte Antiguo, con la Pietà Rondanini de Miguel Ángel, la última escultura que tocó el artista. Pero también colecciones de instrumentos musicales, tapices, armaduras y pinturas que cuentan la historia de Milán. Todo ello por 5€ o gratis en algunas fechas señaladas https://www.milanocastello.it/visita/orari-biglietti-abbonamenti-e-card
En esto no hay debate posible. El Duomo es uno de esos lugares que te deja sin palabras y con tortícolis y que es impepinable en lo que tienes que ver Milán en 2 días. Lo miras, lo remiras, le haces 300 fotos, vuelves por 5ª vez… y aún así no acabas de procesar que alguien se tomara la molestia de levantar esta locura gótica de mármol rosa.
Empezó a construirse en 1386 y tardaron solo unos 500 años en acabarla (sí, medio milenio; en Milán las obras también van con calma). Está dedicada a Santa María Nascente y tiene más de 3.400 estatuas, 135 agujas y una virgen dorada (la Madonnina) vigilando la ciudad desde la más alta.
Pero lo mejor del Duomo no es solo su fachada de cuento, sino su historia llena de drama y ego. Se dice que Napoleón Bonaparte ordenó terminar la catedral a toda prisa para poder coronarse rey de Italia aquí dentro en 1805. Y claro, cuando el emperador francés te pide que pongas mármol a toda pastilla, tú obedeces. Milán le cumplió el capricho… aunque, por cierto, Napoleón devolvió el favor haciendo construir una réplica en París: la Madeleine. A su manera, pero fue su “gracias por la iglesia”.
El Duomo de Milán por dentro es una experiencia que te obliga a mirar hacia arriba. La altura de la nave es tan absurda que casi parece que la gravedad estuviera negociada; las columnas, interminables, se elevan como un bosque de piedra que se multiplica en sombras, arcos y relieves. La luz atraviesa las vidrieras (una de las colecciones más grandes de Europa) y tiñe el interior con colores líquidos que se mueven a medida que caminas. No hay un solo rincón sin detalle: mármoles pulidos, esculturas que parecen vivas, altares que combinan lo gótico con lo renacentista… y una atmósfera que mezcla solemnidad con una especie de vértigo emocional. Es una catedral pensada para empequeñecerte, y lo consigue, la verdad.
Esta impactante escultura fue tallada en 1562 por el artista lombardo Marco d’Agrate para la Duomo di Milano. Representa a Saint Bartholomew, uno de los apóstoles, en el momento post-martirio en que ha sido desollado. Es duro, pero su piel yace sobre sus hombros como un manto. Al igual que la Magdalena Penitente de Donatello de Florencia (mi favorita del mundo mundial), el detalle anatómico es magistral. La obra muestra músculos, tendones y venas, como un estudio escultórico que trasciende la mera iconografía religiosa.
No es solo el must que hacer en Milán en 2 días, es lo único que hacer si solo tienes unas horas en la ciudad. Subir a la terraza del Duomo es otro nivel. Allí arriba caminas literalmente entre pináculos y estatuas, como si hubieras sido teletransportado a un decorado de “Juego de Tronos” versión lombarda. Desde lo alto se ve todo Milán extendiéndose entre tejados, con las cúpulas, los tranvías y, si el día está despejado, incluso los Alpes al fondo. El truco es subir temprano o justo antes del atardecer, cuando la piedra se tiñe de dorado y los fotógrafos sacan humo.
Si tienes vértigo, respira: puedes subir en ascensor (aunque cuesta un poco más, de dinero) o a pie, por unas escaleras (251 escalones) tan estrechas que parecen diseñadas por un arquitecto con mal día. Pero vale cada escalón. Ver la Madonnina de cerca, reluciente y casi tocando el cielo, es uno de esos momentos que te reconcilian con el turismo masivo: sí, hay mucha gente… pero es imposible no entender por qué todo el mundo quiere estar aquí.
Y en la entrada conjunta de la catedral y la terraza, se incluye el museo. Justo al lado de la catedral, el Museo del Duomo es el complemento perfecto para entender la magnitud (y la locura) de lo que tienes frente a ti. Aquí se guardan más de 200 piezas originales: esculturas, vitrales, relieves y hasta maquetas que cuentan los 600 años de historia que tardó en levantarse el templo. Es casi como entrar al backstage de la catedral: ves cómo tallaban el mármol, cómo se restauran las estatuas y cómo ha evolucionado ese estilo gótico milanés que mezcla más pinchos que una tienda de erizos.
La Piazza del Duomo, el epicentro absoluto de Milán: un escenario monumental donde todo (la historia, el turismo, la moda y los selfies) se cruza a cualquier hora del día. Dominada por la imponente Catedral del Duomo, la plaza vibra con aire de grandeza italiana. Aquí arrancan los desfiles, las manifestacioneas (siempre me pilla alguna), los conciertos y, por supuesto, las quedadas improvisadas con vista a las agujas de la catedral.
La energía que no para nunca: entre las palomas, los músicos callejeros y los locales que atraviesan la plaza con un espresso en mano, la Piazza del Duomo es una pasarela viva. Es imposible venir a Milán y no pasar por aquí…
Vamos a ver, esto es La Última Cena, y me da igual que no te mole El Código Da Vinci, es el plato fuerte de Milán en todos los sentidos. Pintada por Leonardo da Vinci entre 1495 y 1498 en el refectorio del convento de Santa Maria delle Grazie, esta obra es puro genio y drama.
Nuestro amigo Leonardo no usó la técnica tradicional del fresco, sino una mezcla experimental de temple y óleo sobre yeso seco. Según él buscaba conseguir más luminosidad y detalle. Resultado: un milagro artístico… que empezó a deteriorarse casi desde el día en que la terminó. Pero aún así, sigue siendo una de las imágenes más potentes de la historia del arte. Es justo el momento exacto en que Jesús anuncia la traición, y cada apóstol reacciona como en una telenovela del Quattrocento.
Durante siglos, el fresco sobrevivió guerras, humedad y hasta una bomba que destruyó parte del convento en 1943. El muro de la pintura quedó milagrosamente en pie, como si el propio Leonardo lo hubiera blindado con ingenio. Hoy se visita con cita previa, en grupos reducidos y con la reverencia de quien entra en un santuario.
Conseguir entradas para La Última Cena de Leonardo da Vinci es casi una lotería. El precio oficial ronda los 15€ por exactamente 15 minutos de reloj. Pero pillarlas es tan complicado que más de uno se plantea comprar primero las entradas y luego los vuelos. Las agencias y webs intermedias las revenden por 60, 80 o incluso 90 €, y muchas veces para fechas que oficialmente ya están agotadas, lo que roza la reventa encubierta.
Yo he estado cinco veces en Milán y solo una logré conseguir entrada oficial, y sí, estar frente a esa pared mítica impresiona. Pero también te digo: no repetiría por más de 30€. La obra me pareció mal iluminada, el ambiente frío y sin el alma que respira en otros museos italianos. Así que, por mucha Última Cena que sea, yo no soltaría 60 pavos por verla. Es una experiencia curiosa y única, sí, pero no la epifanía que te venden. Te dejo aquí el enlace donde por 25€ puedes intentar coger entradas, eso sí lo pagaría por ver a Leonardo.
La Galleria Vittorio Emanuele II es el salón más elegante que ver en Milán. Abre bien los ojos (la cartera solo si puedes) para esta pasarela cubierta donde el mármol, el hierro y el cristal se mezclan con escaparates de lujo. Fue inaugurada en 1877 y diseñada por Giuseppe Mengoni, que irónicamente murió cayendo desde una de sus cúpulas justo antes de verla terminada. Aquí nacieron modas, se cerraron tratos de alta sociedad y se sirvieron los primeros cócteles del Camparino. Sep, es el bar histórico fundado por la familia Campari en 1915. Porque, en realidad, la galería es una joya del estilo neorrenacentista con espíritu de gran almacén de la belle époque.
Pero lo mejor es su ritual secreto: en el mosaico del toro (símbolo de Turín) en el suelo central, los milaneses giran tres veces sobre el talón derecho, dicen que da suerte, aunque para el pobre toro ya solo queda un agujero de tanto pisotóna.
La iglesia de San Bernardino alle Ossa, ubicada en el centro de Milán, es una parada fascinante y un poco macabra. Originalmente fue construida en 1210 para albergar los restos de personas enterradas en el antiguo hospital de la ciudad. Pero lo que la hace destacar es su cripta, completamente revestida de huesos y calaveras que descansan en los muros, pilares y puertas.
Además de ser gratuita (te piden voluntad desde 0,50€) lo que realmente sorprende es cómo se integra esta cantidad de huesos y calaveras en un espacio decorado con frescos de finales del siglo XVII Todo ello obra de Sebastiano Ricci (1695). El resultado: un conjunto donde lo grotesco y lo artístico conviven de forma indisoluble y que debo reconocer me fascinó y sobrecogió.
La Piazza degli Affari, en pleno corazón financiero de Milán, es uno de tus planes de pasada en la ruta de Milán en 2 días. Durante la época romana albergaba un teatro que se encuentra bajo los cimientos del actual Palazzo Mezzanotte, inaugurado en 1932 según el proyecto del arquitecto Paolo Mezzanotte.
Pero lo que mola es la escultura “L.O.V.E.” del artista Maurizio Cattelan (2010) y se encuentra en el centro de la Piazza. Está realizada en mármol de Carrara y representa una mano con todos los dedos amputados salvo el dedo medio. Todo un gesto provocador de desafío.
El título “L.O.V.E.” es un acrónimo de Libertà, Odio, Vendetta, Eternità (“Libertad, Odio, Venganza, Eternidad”), que añade capas de significado a la obra. Algunos interpretan que apunta a la finanza, otros al pasado fascista de la arquitectura circundante, o a ambos.
La obra fue pensada inicialmente como una instalación temporal, pero tras el debate público fue adoptada como permanente, lo que la convierte hoy en un símbolo urbano incómodo, irónico y fascinante.
Entrar en San Maurizio al Monastero Maggiore es como abrir una puerta secreta a la mejor galería de arte renacentista… pero sin colas, sin estrés y sin pagar un euro. Por fuera pasa desapercibida, pero por dentro estalla en un festival de frescos que cubren cada centímetro, hasta el punto de que la llaman “la Capilla Sixtina de Milán”. Cada pared, cada arco, cada rincón parece pintado para dejarte con la boca abierta, y lo consigue. Es uno de esos lugares donde entras por curiosidad y sales preguntándote por qué nadie te había hablado de esto antes.
Y, por si fuera poco, aquí se esconde la otra Última Cena de Milán, una joya que muchos visitantes ni saben que existe. No tiene la fama de Leonardo, pero precisamente por eso te deja disfrutarla en silencio, a centímetros de distancia, apreciando detalles que en otro sitio sería imposible ver con calma. San Maurizio es ese secreto milanés que los locales adoran y que los viajeros que lo descubren cuentan como si fuera un tesoro. Porque lo es.
El Parco Sempione es el pulmón verde y un planazo para respirar en la ruta de Milán en 2 días. Nació a finales del siglo XIX sobre los antiguos terrenos del Castello Sforzesco, y desde entonces es el lugar donde los milaneses van a correr, tomar el sol o simplemente pasear con un helado en mano. Explorando sus senderos te cruzas con ruinas románticas, lagos, ardillas, patos, esculturas modernas… Y al final vistas al Arco della Pace, ese arco triunfal que Napoleón quiso como entrada gloriosa a la ciudad.
Pero el parque también fue escenario de fiestas bohemias, mítines y conciertos improvisados, y aún hoy guarda un aire entre decadente y chic. En medio del verde aparece el Torre Branca, un mirador metálico diseñado por Gio Ponti en los años 30, desde el que puedes ver todo Milán hasta los Alpes.
Algo curioso que ver en Milán en 2 días es esta mini parada (que seguro te pilla camino de otro sitio). Primero, está la figura femenina del grupo, que representa la Beneficenza (la caridad). Por la forma del drapeado de su vestido y la posición de los elementos que sostiene, los milaneses juran que parece tener tres pechos. De ahí que se ganara el apodo popular de “la dòna di tri tètt” (“la mujer de tres tetas”), un clásico del humor local que convirtió una fuente institucional en una especie de broma cariñosa de barrio.
Y aunque la fuente fue encargada por una entidad financiera seria, la Cassa di Risparmio, para simbolizar valores como el ahorro y la virtud… los vecinos solo veían la escultura de la “mujer con tres tetas” y se partían de risa.
Via Dante es la pasarela urbana por excelencia de Milán: una avenida elegante, peatonal y siempre con vida, que conecta la Piazza del Duomo con el Castello Sforzesco. Su nombre homenajea al poeta supremo, pero aquí el verso es otro: el de las vitrinas, los cafés históricos y el arte de mirar y dejarse mirar. Durante el día suena a conversaciones, pasos y cucharillas tintineando en el café; por la noche, se llena de luces cálidas y músicos callejeros que le dan ese toque bohemio chic tan milanés.
Pero… lo que hoy es un paseo moderno fue durante siglos una vía caótica de carruajes y tenderetes. La remodelación del XIX la convirtió en una especie de “Champs-Élysées lombarda”, donde la burguesía se paseaba para ver y ser vista. Hoy sigue cumpliendo el mismo papel (solo que los escaparates son de Zara y los spritz cuestan 10 €).
La Pinacoteca di Brera es el templo del arte milanés fundado por Napoleón a finales del siglo XVIII (sí, el mismísimo emperador decidió que Milán merecía una galería a su altura). Hoy ocupa un antiguo convento jesuita convertido en joya neoclásica y entre sus muros cuelgan obras que marcaron historia. El Cristo Muerto de Mantegna, los Esponsales de la Virgen de Rafael, o los lienzos místicos de Caravaggio y Hayez.
Los Navigli son una red de antiguos canales navegables que dieron vida a la ciudad mucho antes de que fuera capital del diseño y la moda. De todos ellos, los más famosos son el Naviglio Grande y el Naviglio Pavese, dos arterias de agua construidas entre los siglos XII y XVII. La finalidad era transportar mercancías, conectar con el río Po y llevar el mármol del Duomo directamente hasta el corazón de la ciudad. Pero, dicen que incluso Leonardo da Vinci metió mano en el sistema de esclusas, afinando la ingeniería hidráulica con su habitual toque de genio.
Hoy, los Navigli son el lado más bohemio de Milán y uno de los lugares más de moda para comer o cenar. Bares, galerías, talleres de artistas y restaurantes se reflejan en el agua junto a los puentes de piedra. Al caer la tarde, la zona se transforma, las luces se encienden, las terrazas se llenan y el aperitivo se convierte en religión. El Naviglio Grande es más pintoresco y animado, perfecto para un spritz con vistas; el Naviglio Pavese, más alternativo y relajado, es el refugio de locales y creativos.
Si viajas desde Malpensa, es muy importante tener en cuenta lo siguiente:
si no estás en la Terminal 1, asegúrate de avisar al revisor para que te reserve plaza, ya que a veces los autobuses salen llenos desde la T1 y, al pasar por la T2, ya no aceptan más pasajeros. Esto puede ahorrar esperas innecesarias, especialmente en horas punta. y algo que todo viajero aprecia… puedes dejar la maleta sin líos mientras te tomas un espresso o te zampas un bocata. Ideal para hacer check-in temprano, dejar mochila y salir media hora o una mañana entera a patearte la ciudad sin carga.
El Hotel Florence es una opción muy recomendable para alojarse en Milán: ofrece habitaciones cómodas, un ambiente tranquilo y una relación calidad-precio difícil de superar en la ciudad. Está bien comunicado por transporte público, lo que facilita llegar rápidamente al centro y a los principales puntos de interés. Además, su personal suele ser especialmente amable, algo que muchos viajeros destacan en sus valoraciones.
Enlace al Hotel Florence en Milán
Por cierto, si quieres apuntarte a un viaje conmigo, solo tienes que rellenar este formulario y te tengo al tanto.
Sígueme en Instagram y Facebook para estar al día de todo 😉