El castillo fronterizo más idílico
Si estás en Bratislava y tienes unas horas libres, apunta este nombre: Castillo de Devín. Porque, aunque no sea uno de los lugares más conocidos de Eslovaquia, para mí es una de esas excursiones que justifican por sí solas una visita al país.
Un castillo en ruinas sobre una roca, dos ríos que se encuentran justo a sus pies, Austria al otro lado de la frontera y un paisaje bastante más espectacular de lo que esperarías encontrar a apenas unos kilómetros de la capital. Y eso sin contar la historia que tiene detrás, que aquí han pasado romanos, celtas, eslavos, ejércitos napoleónicos y hasta las patrullas fronterizas del Telón de Acero. A ver si me explico, que el sitio tiene más vida que muchas fortalezas perfectamente reconstruidas.
Pero espera, que hay algo que mejora todavía más la excursión: llegar en barco desde Bratislava. Navegar por el Danubio, ver cómo aparece el castillo entre las rocas y tener tiempo para recorrerlo antes de regresar a la capital es, para mí, la mejor manera de conocer Devín. Así que te cuento qué ver, qué historia esconde y cómo organizar la visita para que no te pierdas nada y disfrutes como una niña.
El castillo de Devín se encuentra a unos 10 kilómetros del centro de Bratislava, sobre un promontorio rocoso en la confluencia de dos ríos: el Danubio y el Morava. Y cuando digo confluencia, me refiero a que puedes contemplar perfectamente cómo se encuentran ambos cursos de agua. Es hipnótico…
La ubicación no es casualidad. Desde aquí se controlaban rutas comerciales y vías de comunicación, además de contar con una posición estratégica de esas que hacen que entiendas enseguida por qué alguien decidió levantar una fortaleza justo en este punto.
Y hay otro detalle curioso: el río Morava marca en esta zona parte de la frontera entre Eslovaquia y Austria. Durante siglos, Devín fue un lugar de paso y de contacto entre territorios, pero en el siglo XX se convirtió también en una frontera especialmente complicada, cuando el Telón de Acero separaba Europa occidental y oriental.
Hoy cuesta imaginarlo viendo el paisaje absolutamente idílico, pero este lugar fue durante décadas una zona vigilada y peligrosa para quienes intentaban cruzar al otro lado.
Antes de que existiera el castillo que vemos hoy, esta roca ya tenía bastante movimiento. Se han encontrado restos de asentamientos prehistóricos y evidencias de presencia romana, además de vestigios de diferentes pueblos que aprovecharon su posición estratégica.
Devín suele relacionarse con la antigua fortaleza eslava de Dowina, vinculada al periodo de la Gran Moravia. La primera referencia escrita que se suele asociar al lugar aparece en el año 864, aunque la historia del asentamiento es bastante anterior.
Durante la Edad Media se fue desarrollando el castillo, que pasó por distintas manos y tuvo diferentes funciones defensivas. Su posición sobre los ríos lo convertía en un punto de control privilegiado, así que no era precisamente una propiedad que pasara desapercibida.
Pero el episodio que terminó marcando su aspecto actual llegó en 1809. Durante las guerras napoleónicas, las tropas francesas destruyeron el castillo y lo dejaron convertido en las ruinas que han llegado hasta nuestros días.
Pero aquí estamos, más de dos siglos después, visitando lo que quedó de aquella fortaleza. A veces no hace falta reconstruirlo todo para que un lugar tenga muchísimo que contar.
Lo primero que te diría es que no vayas con la idea de visitar un castillo perfectamente conservado, con salones amueblados, armaduras y habitaciones que parecen preparadas para recibir al siguiente rey. Personalmente además eso me aburre un poco… Aquí lo interesante está en las ruinas, en la ubicación y en todo lo que puedes ir descubriendo mientras recorres el recinto.
Además, las vistas son parte fundamental de la visita. Así que no te limites a mirar los restos de los muros: levanta la cabeza, busca los distintos miradores y disfruta del paisaje.
Es brutal, porque el castillo se extiende por varios niveles de la roca y conserva restos de murallas, edificios y estructuras defensivas. A medida que vas subiendo, aparecen diferentes perspectivas del recinto y del entorno.
La visita permite hacerse una idea de cómo se organizaba una fortaleza levantada en un lugar tan escarpado. Y también entender por qué era tan difícil conquistarla: entre la altura, las pendientes y los ríos, la naturaleza ya hacía buena parte del trabajo defensivo.
Lleva calzado cómodo, porque hay zonas con escaleras, desniveles y caminos irregulares. No es una excursión especialmente complicada, pero tampoco es el sitio para estrenar unas sandalias que te hagan rozaduras a los diez minutos.